PERSAS Y EXÓTICOS DE SHIRAZ

Historia de Zahra

 

Siempre había deseado conocer la sensación de lo que era tener una vida entre los brazos. Nunca imaginé que fuese a ser tan emocionante.

 

No recuerdo desde cuándo albergaba esa idea, no recuerdo el motivo que la incitaba. Era algo innato, que siempre estuvo allí, en la caja donde guardamos nuestros proyectos de vida. Cierto es que ya lo hube intentado antes, pero me llegó algo desvirtuado. La compasión y el amor se hicieron carne cuando nuestras miradas se cruzaron. Él era inmenso, fuerte, masculino, flemático, fiel, con mucha, mucha y muy desagradecida vida en su lomo. Recuerdo sus ojos amarillos mirando fijamente desde los barrotes. No quise cambiar su nombre, él era él con su pasado. Él siempre será él, pero el vacío de educar desde el principio, de modelar, de cuasi crear seguía latente en mí.

 

Tal vez esa necesidad de hacer de una criatura una extensión de tu ser sea lo que mueva a la humanidad. En mi caso, ese fue el inicio de mi búsqueda. El proceso en sí fue tedioso, largo, aburrido, con subidas y bajadas en los sentimientos. Comenzó con bochorno en el ambiente, luego le sucedió el otoño y éste se transformó en hielo. Sólo las estaciones cambiaban, no conseguía mi objetivo. Revisé, no sin frustración, imágenes, imágenes… mantuve largas conversaciones con todo tipo de personas: algunos sin rostro, otros frente a frente. Nadie podía ofrecerme mi sueño. Durante las noches sentía el palpitar de la obsesión en mi pecho y el tremendo vació de que algo tan sencillo a priori, nunca llegaría a existir.

 

Resignada, agoté el tiempo de búsqueda. Lo descarté como imposible y lo califiqué como fantasma. Me limité a continuar con lo que ya tenía, aparté la idea de mi mente y olvidé. No obstante, aquel pálpito continuaba acechando con un sordo sonido de corazón delator por el que a veces me dejaba vencer. Fue en uno de estos ataques de valentía, en el que sentí que sería el día en que daría con la materialización de mi fantasía cuando lo encontré. Supongo que ya antes había visitado aquel lugar. Navegar por tantos mares hace que a veces perdamos el rumbo. Y llegando distraidamente a dicho puerto, una imagen se clavó en mis retinas: blanco y negro: ¿podría funcionar esa combinación?¿encontraría el planeta azabache perfecto si la nada se unía al todo?. Una hija del sol y la luna; habría que intentarlo. De nuevo la ilusión retomó el vuelo en mi interior. Sin embargo, existía aún cierta reticencia dada la experiencia hasta el momento. Estaba jugando con el azar. Los números me decían que jamás antes la oscuridad había sido fruto de esa unión. Cedí ante algunos de mis requisitos, pensando que tal vez fuese demasiado exigente: no preguntaría por el sexo, al menos eso lo dejaría al Fatum. Hice de nuevo para olvidar, dejé esa esperanza a la espera, continué la búsqueda con renovadas energías y seguí mi camino. Pero no podía dejar de navegar y navegar y visitar aquel puerto de la esperanza.

 

Por sorpresa, un día se me comunicó que mi deseo estaba cumplido por triplicado. Con la excepción que previamente me había puesto, claro, nada de princesas en ese reino. La ilusión prendió en mí con un sabor agridulce. Contención, espera. Todavía no se conocía toda la verdad. Es cierto que el azabache había tomado posesión de este cosmos recién nacido, pero quedaba otra duda: ¿serían sus melenas largas y sedosas como si de un campo de trigo fecundo se tratasen o cortas y espesas como una alfombra de hierba fresca?. Espera, espera, espera. El tiempo estaba detenido. Un nuevo incentivo tuvo lugar de forma inesperada, la casualidad me seguía guiando. Cuando ya pensaba que mi regente sería príncipe, se convirtió en princesa. La ilusión me obcecó, me volví loca de alegría la cabeza me daba vueltas, sabía que ese era mi destino, el destino de aquel deseo tanto tiempo guardado en las entrañas. Pero pronto volvió a reprimirse la alegría, seguíamos sin conocer la naturaleza de su manto. De nuevo viajé por un mar de iconos y el amor prendió en mi pecho ante los ojos de mirada más dulce -de profundidad más titánica- que nunca antes hubiese vislumbrado. Si trigo, se cumpliría mi deseo, si hierba lo perdería de nuevo. Días de espera, días y días largos, terribles, incertidumbre.

 

Igual que una campanada que repica nacimiento en el silencio de la aldea, como el silbato de un barco que arriba a buen puerto, como una polca alegre: así me llegó la noticia. Mi astro, mi sueño, mi espera, mi necesidad, mi obsesión, mi princesa. Mía. Mía y solo mía. ¡¡¡Había conseguido al fin mi anhelo!! La combinación perfecta de todos mis requisitos en tan solo unos gramos de belleza, mía, mía, mía…. Aún restaron 3 meses de larga espera. Algunas semanas resultaron insoportables, otras anodinas. Existieron muchos días de olvido, algunos más de histeria. Días de calma, noches en vela. Dudas, certezas, inseguridades, miedo. Cuanto más cercano era el momento mayor era la bipolaridad de los sentimientos, pero sobre todo la pregunta era “¿de verdad existe mi deseo?¿será tan maravilloso como el anhelo me lo muestra, o sólo es un espejismo producido por la querencia que no se corresponde con el mundo táctil?”.

 

Pero Cronos es inexorable y llegó el día. Todo lo rápido que necesitaba que corriesen sus arenas, ahora deseaba que se retardasen al máximo. El terror me tenía paralizada, la agonía mezclada con la ilusión produjeron en mi estómago una pasta dura y sólida, que se instaló en el esófago y no me dejaba respirar con normalidad. Mientras compartía espacio con las nubes pensaba en sus fotografías. Las había revisado cientos, miles, millones de veces, me había alimentado sólo a base de ellas durante estos meses, las fagocitaba sin control queriendo más y más, sin contención, pues era lo único que verificaba mi deseo; que hacía empírico su ser. ¿Cómo será una nube hecha carne?. Aquel día corrió lento, al mediodía se paralizó por completo. El sol bañaba mis mejillas y me cegaba con su luz. No recuerdo nada de mi entorno. Estábamos a solas mi idea fija (que eran miles de ideas al tiempo) y yo. La expectación se apretó en el esófago junto con el miedo y la ilusión: demasiados inquilinos para tan estrecho espacio. Era consciente de que caminaba hacia mi objetivo, pero lo hacía como un autómata, sintiendo tan solo cómo mis pulmones no eran capaces de repartir el aire que el resto del organismo necesitaba. Un camino largo, infinito, plagado de ideas, el esófago se contrajo y la sensación pasó al estómago cuando ví que había llegado a mi destino. Cientos de miles de mariposas revoloteaban, estaba ciega, ahora sólo podía ver una cosa: mi Hado, mi Hada.

 

Orgasmo de sentimientos, todos los miembros se relajaron cuando la pusieron en mis manos. La suavidad invadió mi ser, raso cálido. Esencia de lo dulce, proporciones que no conectaban con mi conocimiento. Alegría infinita, ternura indescriptible. Solas, ella y yo. Lo miedos se habían disipado. De pronto, aquellos ojos profundos se fijaron en mí, brillantes, inmensos y me perdí en ellos. Giró todo su cuerpo, de un azulado que jamás hubiese concebido, y se acopló en mi regazo. No me atrevía a hablar, a respirar, a mover un solo dedo. Abrió la dulce boquita sonrosada, cerró los ojitos y cayó en un profundo letargo. Mis pupilas se ahogaron y el pecho se hinchó. Mi deseo, mi bendito deseo, mi sagrado secreto estaba en mis manos, era aterciopelado, del color de una noche de verano, delicado en extremo, dulce como el caramelo incipiente de sus ojos, tangible y estará siempre conmigo. Mi princesa de la noche, mi Bruma.

 

 

 

 Maria Herrero

 

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